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Carta a Laodicea

[1.26] ¿Qué queréis hacer entonces con la vieja circuncisión que ya dejó de ser? ¿Qué con la ceremonia que ya no tiene valor alguno porque Cristo ya vino y ha resucitado, y nosotros con Él? Entonces, ¿qué queréis con el Sabbat (celebración del sábado), si Cristo obró cada día y aun obra hoy, de tal manera que convirtió cada día en un día del Señor; por eso no celebró el Sabbat?

[1.27] Pero os conozco y por eso os digo: Cristo, como es Él, quiere ser pobre en el mundo, ¡pero vosotros queréis oro! — ¡Este es el motivo por el que queréis una casa de oración, un día festivo y vestiduras adornadas!

[1.28] Vosotros decís que Dios, mediante Cristo, Su Hijo, no abolió en ningún punto los preceptos de Moisés, sino más bien que los ha confirmado en la última cena; y por tanto debería existir también una ceremonia de sacrificio.

[1.29] ¡Pero yo, Pablo, un apóstol del Señor, y elegido por Dios, y que muy bien estoy lleno del Espíritu Santo; ¿cómo es que el Espíritu de Dios nunca me ha indicado hacer tales cosas a pesar de que fui, antes de mi llamado, un sirviente y esclavo del templo mucho más bribón que lo que vosotros jamás fuisteis?!

[1.30] Pero ahora quiero deciros: ¡Cuando el Espíritu de Dios me despertó durante mi viaje a Damasco para perseguir a la joven comunidad de Cristo, lo primero que observé, incluso durante mi ceguera, fue que el Señor quiere ser honrado y adorado en Espíritu y en Verdad, pero nunca en una ceremonia!

[1.31] ¡Porque Dios no encegueció a nadie antes de llamarle para su servicio; pero yo primero tuve que quedar ciego, para perder todo lo que es del mundo, antes de llegar a ser apenas uno de sus siervos más insignificantes!

[1.32] ¿Pero por qué primero tuve que enceguecer? ¡Porque todo mi ser estaba enterrado en la materia del servicio al Templo y para que con la ceguera mi ser pudiera ser retirado de aquella materia!

[1.33] Y si el Señor me ha llamado sin ceremonia, incluso durante mi ceguera, ¿por qué, entonces, iba yo a hacer una ceremonia de la última cena?

[1.34] ¿O acaso no es así como me enseña el Espíritu de Dios todo el tiempo? — El que tiene la luz de los ojos puede mirar las ceremonias del mundo y se entretiene en ellas;

[1.35] ¡pero para el ciego, ha desaparecido todo el mundo con sus ceremonias y el viejo servicio del templo y todas las vestiduras adornadas!

[1.36] De modo que es una Verdad eterna que el Señor no me ha llamado para el establecimiento de una nueva ceremonia, sino para la edificación de los corazones, alrededor de los cuales Satanás ha forjado sus duras cadenas durante miles de años;

[1.37] y para predicar a todos la libertad del espíritu, la paz del alma y, con esto, destruir las duras ataduras de la muerte, en Cristo el Señor.

[1.38] Pero ¿de qué sirve, a mí y a vosotros, mi doctrina, de qué sirve el Evangelio de Dios, si queréis dirigiros de nuevo y voluntariamente hacia la muerte antigua?

[1.39] Por eso os pido, por el bien de vuestra Vida eterna: ¡Desistid de todo aquello que trajo la esclavitud babilónica a todos los judíos como una dura herencia!

[1.40] Mirad: ¡Babilonia, la gran ramera del mundo, ha sido destruida por el Señor, porque ella había dado la muerte a muchos pueblos! — ¡Pero, ¿qué ganaréis si es que convertís Laodicea en una nueva Babilonia?! ¡Por eso abandonad todo lo que podría acarrear de nuevo el horror de la destrucción, — aquello que Daniel había profetizado cuando estuvo delante de la ciudad sagrada!

[1.41] Pero Cristo os ha vivificado porque estabais muertos en vuestros pecados y en el prepucio de vuestra carne, y os ha perdonado todos los pecados que habíais estado cometiendo en el Templo, como en vuestro prepucio.

[1.42] Él aniquiló la escritura ensangrentada clavándola en la cruz — una escritura que nos acusaba a todos, surgida a través de los estatutos mundanos y con la cual nuestros nombres estaban inscritos en el libro del mundo, en el libro del juicio y en el libro de la muerte.

[1.43] Entonces, ¿por qué ahora queréis retirar de la cruz esa escritura ensangrentada, destruida por Dios mismo, clavada en la cruz del juicio, de la ignominia, de la maldición y de la muerte, con el fin de retirar vuestros nuevos nombres en Cristo y escribirlos otra vez en esa antigua escritura del libro del juicio que en el pasado escribió los nombres con sangre?

[1.44] ¡Oh, necios ciegos de toda necedad! Habéis sido liberados en Cristo — ¿y ahora queréis ser nuevamente esclavos y siervos del pecado, del juicio y de la muerte? — ¡¿Acaso no habéis oído que maldito es quien es crucificado en la cruz?!

[1.45] Pero Cristo ha tomado sobre Sí vuestra vergüenza, vuestra ignominia, vuestro pecado, vuestra condena y vuestra muerte y se dejó crucificar en la cruz para vuestra salvación como si fuera un maldito, con el fin de procuraros a todos vosotros la libertad plena ante Dios, y para que podáis caminar en honra, Él cargó toda vuestra vergüenza e ignominia y, junto a Él, la llevó a la cruz.

[1.46] ¡Oh, ¿qué es lo que os ha confundido a vosotros que habéis sido vivificados en Cristo, para que ahora de nuevo queráis entregaros a la muerte?!

[1.47] Ahora ¿con qué debo compararos, algo que os acierte como la flecha al blanco en un buen disparo? — ¡Sí, vosotros sois como una meretriz ardiente que vive en la ciudad y es, sin embargo, hija de una buena casa.

[1.48] ¡Escuchadme bien y grabadlo detrás de las orejas! ¡¿De qué le sirve a la meretriz su buena ascendencia, si su carne es más lujuriosa que la grasa de un chivo expiatorio bien cebado?!

[1.49] ¿No correrá ella dentro de su habitación de un lado a otro, impulsado por el ardor de su carne, para pronto asomar medio cuerpo a través de una u otra ventana y lanzar miradas lujuriosas hacia todos los lados para ver si encuentra a aquel que tenga lo que pueda satisfacer los deseos de su carne lujuriosa y ardiente?

[1.50] Y si lo ve, le mostrará lo que desea mediante el ardor frívolo de sus ojos, y pecará apasionadamente y diez veces más con él, que una ramera con sus amantes en el lecho de la vergüenza.

[1.51] Oh laodicenses, ved, ¡esto es vuestra imagen! — ¿Sabéis lo que hará el novio honrado aspirante a desposarse con tal mujer cuando pase por su casa y la descubra en su lujuria vergonzosa?

[1.52] ¡Él la despachará inmediatamente de su corazón y de su boca, y no la volverá a mirar, aun si ella cayera en la mayor miseria!

[1.53] Lo mismo os hará el Señor; porque Él ha edificado un Templo nuevo y vivo en vuestros corazones donde deberíais esperarle; pero vosotros despreciáis este Templo, este lugar sagrado y, por pura sensualidad mundana, corréis a la ventana del juicio y queréis coquetear con el mundo — por oro, reputación y ambición de poder, ya que anheláis todo esto.

[1.54] Pero yo os digo: El Señor se retirará y os dejara a la merced de todo meretricio, de la antigua condenación y muerte — si es que no retornáis inmediatamente y no abandonáis por completo vuestro sacerdocio autoelegido, vuestro templo, vuestros días festivos y vuestras vestiduras adornadas; porque todo esto es un horror ante el Señor al igual que una meretriz que arde en su carne y que en su corazón es peor que diez rameras babilónicas. —

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