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La Infancia y Juventud de Jesús

José como profesional. El sorteo de María en el Templo. Testimonio de Dios a José. María en casa de José

[1.1] José andaba ocupado con la construcción de una casa en la zona entre Nazaret y Jerusalén.

[1.2] Este trabajo lo había encargado un ciudadano distinguido de Jerusalén porque entre estas dos ciudades no había albergue alguno.

[1.3] María, tras su educación en el Templo, había crecido y, de acuerdo con las leyes del Templo, tenían que sacarla de allí.

[1.4] Para este fin enviaron mensajeros por toda Judea para anunciar a los padres de familia que aquel que fuera digno podría llevarse a la joven a su casa.

[1.5] José, nada más oír esta noticia, apartó su hacha y se dirigió lo antes posible a Jerusalén, al lugar del Consejo del Templo.

[1.6] Habían pasado tres días cuando, conforme a las instrucciones, los interesados se reunieron en el lugar determinado, cada uno con una vara de lirio. El sacerdote las recogió y se retiró al interior del Templo para rezar.

[1.7] Terminada la oración, el sacerdote salió con las varas y devolvió a cada cual la suya.

[1.8] Pero en esto, todas las varas se cubrieron con manchas; sólo la última, entregada a José, quedó fresca y limpia.

[1.9] Pero algunos de los pretendientes se quejaron y declararon esta prueba como parcial y por tanto nula, y exigieron otra que impidiera cualquier fraude.

[1.10] El sacerdote, algo irritado, mandó llamar a María, le puso una paloma en la mano y la hizo pasar por entre sus pretendientes, para que luego la soltara allí.

[1.11] Antes de que la paloma fuera soltada, el sacerdote avisó a los pretendientes: «Mirad, vosotros que hacéis falsas interpretaciones de las señales de Jehová. Esta paloma es un animal inocente y puro, y no tiene oído para nuestros convenios.

[1.12] Conforme a la Voluntad del Señor no comprende más que la lengua omnipotente de Dios.

[1.13] Ahora, ¡levantad vuestras varas! El propietario de la vara en la que la paloma se pose y en cuya cabeza se posará después, ¡se llevará a María!».

[1.14] Los pretendientes estuvieron de acuerdo: «Sí, ésta será una señal infalible».

[1.15] En el momento en que María por orden del sacerdote soltó la paloma, ésta se dirigió directamente hacia José, se posó en su vara y, acto seguido, en su cabeza.

[1.16] «¡He aquí la Voluntad del Señor!», constató el sacerdote. «A ti, honrado profesional, te ha sido asignado recibir a la virgen del Señor. En el nombre de Dios, llévala a tu casa para que allí la ampares. Amén».

[1.17] Con estas palabras y este resultado José se asustó, y dijo: «Ungido según la ley de Moisés y siervo del Señor Dios Sebaot, ya sabes que soy un anciano. Desde hace mucho tiempo estoy viudo y tengo hijos adultos en casa. Por eso temo que quedaré en ridículo ante los hijos de Israel si llevo a esta joven conmigo a mi casa.

[1.18] Por esto te ruego que repitas el sorteo, esta vez dejándome esperar fuera para no contar entre los pretendientes».

[1.19] Pero el sacerdote levantó la mano y con voz severa le contestó: «José, ¡teme a Dios el Señor! ¿Acaso ignoras lo que él hizo a Datán, Qóraj y Abiram?

[1.20] Mira: La tierra se abrió ante ellos y se los tragó a todos a causa de su terquedad. ¿No piensas que a ti podría caberte la misma suerte?

[1.21] Has visto la señal infalible de Jehová. ¡Por esto obedece al Señor omnipotente que es justo y que siempre castiga a los que vacilan en llevar a cabo su Voluntad!

[1.22] ¡Teme por los tuyos, para que el Señor no os haga sufrir la misma suerte que a Datán, Qóraj y Abiram!».

[1.23] Profundamente asustado, José respondió al sumo sacerdote: «Te ruego, pues, que reces por mí para que el Señor vuelva a ser misericordioso conmigo y luego entrégame la virgen, según su Voluntad».

[1.24] El sacerdote se retiró al santísimo para rezar por José. Allí el Señor le dijo:

[1.25] «No aflijas al hombre que Yo escogí, pues, no hay hombre más justo en Israel, ni en toda la Tierra y ni tampoco ante mi trono en todos los Cielos.

[1.26] Sal pues y entrega la virgen -a la que Yo mismo eduqué- al hombre más honrado de todo el mundo».

[1.27] El sacerdote se golpeó el pecho y exclamó: «¡Oh, Señor, Dios poderoso de Abraham, Isaac y Jacob, sé misericordioso con el gran pecador que soy, porque ahora veo que visitarás tu pueblo!».

[1.28] El sacerdote se levantó, salió y -en el nombre del Señor- entregó la joven a José que estaba atemorizado.

[1.29] «José, eres justo ante el Señor. Por eso Él te escogió entre muchos miles. Sigue en paz. Amén».

[1.30] José tomó a María de la mano y con fervor pronunció las palabras: «¡Que se cumpla siempre la Voluntad de mi Dios, de mi Señor! Lo que Tú das, Señor, siempre es bueno. Por esto, de buen grado, acepto esta dádiva de tu mano. Bendícela para mí y a mí para ella, para que yo sea digno de ella ante ti, ahora y siempre. ¡Que siempre se haga tú Voluntad! Amén».

[1.31] Al hablar de esta manera al Señor, José se sintió fortalecido en su corazón. Salió con María del Templo y la llevó a su modesta casa en la región de Nazaret.

[1.32] Como le requerían las obligaciones de su trabajo no pudo entretenerse mucho en casa.

[1.33] Por esto dijo a María: «Ya ves que de acuerdo con la Voluntad de Dios, te he recibido del Templo del Señor y te he acogido en mi casa. Pero no puedo permanecer contigo para protegerte porque tengo que seguir con la construcción de la vivienda que te mostré en el camino hacia aquí.

[1.34] Aun así, no te quedarás sola: Una parienta devota se quedará contigo y mi hijo más joven te hará compañía.

[1.35] Dentro de poco volveré con mis cuatro hijos y te seré un guía en los caminos del Señor. Mientras tanto Él cuidará de ti y de mi casa. Amén».

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