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El Gran Evangelio de Juan

El Señor da explicaciones a Nicodemo sobre la Encarnación del Hijo y su Misión como Hijo de Dios e Hijo del hombre. ¿Qué es el juicio? Aquellos que no reconocen al Señor ya tienen el juicio dentro de sí (Juan 3:16—21)

(Juan 3:16) Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna.

[1.21.1] «Dios es el Amor y el Hijo es su Sabiduría. Tanto amó Dios al mundo que le dio su Hijo unigénito, es decir, su Sabiduría que emana de Él desde toda la eternidad, para que todos aquellos que creen en Él no perezcan sino tengan la Vida eterna. ¿Me comprendes ahora?».

[1.21.2] «Tengo la impresión que debiera comprenderlo», le respondió Nicodemo, «pero en el fondo no lo entiendo. ¡Si al menos supiera qué es lo que debo entender por Hijo del hombre! Luego hablaste también del Hijo unigénito de Dios, dado al mundo por el Amor de Dios. ¿Acaso el Hijo del hombre y el Hijo unigénito son una individualidad?».

[1.21.3] «¡Mírame! Tengo una cabeza, un cuerpo, manos y pies. Todo esto es carne y es un hijo del hombre, porque lo que es carne viene de la carne. Pero en este Hijo del hombre, carne, reside la Sabiduría divina que es el Hijo unigénito de Dios. Sin embargo no es el Hijo unigénito de Dios sino el Hijo del hombre el que será elevado como la serpiente de Moisés en el desierto, con lo que muchos se escandalizarán. Aquellos que no se escandalicen con esto, sino que crean en su nombre, recibirán la Vida eterna.

(Juan 3:17) Porque no envió Dios su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvado por Él.

[1.21.4] No esperes ahora juicio alguno de este mundo como guerras, diluvios o un fuego bajando de los cielos para devorar a todos los paganos de la Tierra; pues Dios no ha mandado a su Hijo unigénito al mundo para que juzgue al mundo sino para que lo salve; es decir, para que la carne no corra a su perdición sino resucite junto con el espíritu para la vida eterna. Para llegar a esta meta es preciso que la fe destruya las tendencias materiales de la carne, por cierto, una fe en el Hijo del hombre nacido de Dios desde toda eternidad y venido al mundo para que todos aquellos que crean en su nombre y se acerquen a Él, tengan la Vida eterna.

(Juan 3:18) El que cree en Él no es juzgado; mas el que no cree ya está juzgado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

[1.21.5] Sean judíos o paganos, todos aquellos que creen en Él, jamás serán juzgados. Sin embargo, aquellos que se escandalizan con Él y no creen en Él, ya están juzgados. El mismo hecho de que un hombre no quiera o no pueda creer (por demasiado amor propio), ya es el juicio. ¿Me comprendes ahora?».

[1.21.6] «Sí, más o menos comprendo ahora el sentido de tus Palabras místicas. Pero aún me parecen habladas al aire mientras el Hijo del hombre, en quien reside la Sabiduría divina, no esté aquí aún y aún no se sepa la hora y el lugar de su venida.

[1.21.7] Que el juicio lo atribuyas únicamente a la incredulidad y a nada más, me resulta muy enigmático. Si el juicio no se da a conocer por diluvios, guerras y pestes o por un fuego devorador, sino sólo por la incredulidad en sí, he de confesarte francamente que todavía no alcanzo el sentido de tus palabras. Si de todo un discurso se me escapa el sentido de un solo término, en el fondo pierdo el sentido de todo el discurso. ¿Qué sentido le das Tú a la palabra “juicio”?».

[1.21.8] «Amigo mío, con más razón pudiera Yo preguntarte a ti, qué te impide comprender el sentido tan claro de mis Palabras... ¿Cómo es posible que no comprendas la palabra “juicio”, habiéndotela explicado tan claramente?

(Juan 3:19) Y el juicio consiste en que vino la Luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la Luz, porque sus obras eran malas.

[1.21.9] Mira, esto es el juicio: La Luz divina vino de los Cielos a este mundo; pero los hombres, salidos de las tinieblas y expuestos a la Luz divina, prefieren continuar en las tinieblas. Que los hombres no quieren la Luz, lo demuestran sobradamente con sus obras enteramente malas.

[1.21.10] ¿Dónde encuentras una fe íntegra? ¿Acaso existe alguien que ama al prójimo sin tener alguna ventaja a la vista? ¿Dónde está aquél que ama a su mujer por su fertilidad? ¡Sólo piensan en la satisfacción de sus placeres! ¿Dónde está el ladrón que se sirve de una luz para robar a la vista de todos?

(Juan 3:20) Porque todo el que obra mal, aborrece la luz y no viene a la Luz para que sus obras no sean reprendidas.

[1.21.11] Mira, todo el que ama y hace tales obras es un enemigo de la luz; la aborrece y hará todo lo posible para que sus obras no salgan con él a la luz y para que estas malas obras, que sabe que son rechazadas y juzgadas por la luz, no sean reconocidas en su fealdad y reprendidas en la luz.

[1.21.12] En esto, pues, consiste el verdadero juicio; pero lo que tú entiendes por juicio no es nada más que un castigo, consecuencia de un juicio ya existente.

[1.21.13] Si prefieres salir por la noche, este hecho ya es un juicio para tu alma porque quieres a la noche más que el día; pero si chocas contra algo o si te caes en un pozo, esto, por cierto, no es el juicio sino una consecuencia del juicio en el que ya te encuentras.

(Juan 3:21) Pero el que obra en la Verdad viene a la Luz, para que sus obras sean manifiestas, pues son hechas en Dios».

[1.21.14] Si eres amigo de la Luz, de la Verdad divina, también actuarás en conformidad con ella y sentirás un vivo deseo de manifestar tus obras en plena luz ante los ojos de todos, ya que sabes que tus obras, realizadas en la Luz de la Verdad divina, son buenas y justas, y tienen su mérito.

[1.21.15] Esta Luz se manifiesta en la fe del corazón. El verdadero amigo de la Luz la reconoce en seguida porque procede de ella, y no andará en la noche sino en el día.

[1.21.16] Por consiguiente, el que cree en el Hijo del hombre, ya tiene la Luz y la Vida dentro de sí. Pero quien no cree, tiene el juicio dentro de sí, el juicio que es la misma falta de fe.

[1.21.17] Supongo que ahora me habrás comprendido».

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