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El Gran Evangelio de Juan

[1.1.4] Después de esta advertencia necesaria, ahora os explico: Ante todo quiero señalar que aquí sólo será dilucidado el sentido psicoespiritual y no el más interno, puramente celestial. Éste es sumamente santo y sólo puede ser transmitido sin perjuicio a aquellos que lo buscan por medio de una conducta acorde con las palabras del Evangelio. El sentido puramente psicoespiritual es fácil de encontrar. A veces bastará con una traducción que tenga en cuenta ciertas costumbres a la hora de documentar las cosas de aquella época, como se verá en las explicaciones del primer versículo.

[1.1.5] La expresión “al principio” es muy incorrecta y encubre el verdadero sentido, porque con ella se puede poner en duda la existencia eterna de Dios, lo que ya hicieron algunos sabios, de cuyas escuelas salieron los ateos de esta época.

[1.1.6] La verdadera traducción es: En el Origen primario, en la Causa primaria de todo Ser ya estaba la Luz... El grandioso y sagrado Pensamiento de la Creación... La Idea substancial... Esta Luz no estaba solamente en Dios, sino también con Él, es decir, se proyectaba afuera de Él como sustancia perceptible, envolviendo al Ser divino primario. Ahí se manifiesta ya el primer vestigio de la encarnación venidera de Dios.

[1.1.7] Entonces, ¿qué era esa Luz, ese Pensamiento grandioso, esa Idea santa y básica de toda existencia substancial futura, totalmente autónoma? Sólo podía ser Dios mismo, porque en Dios, por medio de Dios y surgiendo de Dios sólo podía ser Él mismo en su Ente eternamente perfecto. Por tanto, se puede formular el texto así:

[1.1.8] En Dios estaba la Luz y la Luz penetraba y envolvía a Dios, y Dios mismo era la Luz.

[1.1.9] Después de haber aclarado suficientemente el primer versículo de modo que cada uno con algo de luz propia lo pueda entender, el segundo versículo se expresa por sí mismo, confirmado, que la Luz o el Verbo arriba explicado, o sea, el inmenso Pensamiento creador, era eterno como Dios mismo, sin implicar ningún proceso de origen en sí. De modo que la explicación es ésta: Ya en el Origen primario de todo Ser y de toda posterior Creación, el Verbo estaba con Dios, en Dios y venía de Dios, por tanto, era Dios mismo.

[1.1.10] En este versículo se confirma evidentemente lo que en el primero ya se había presentado como Verbo y Luz, enteramente presentes en el Origen de todo Ser y de toda Creación, la cual, sin embargo, aún no estaba realizada como tal.

[1.1.11] Por eso, el tercer versículo retocado es así: Todo Ser provino de este Ente primario, que en sí mismo era y es su absoluto Origen eterno. La Luz, el Verbo y la Voluntad de este Ente proyectaron su Luz propia —su Idea eterna de la Creación— fuera de sí mismo hacia la existencia perceptible y sólida... Y en la entera infinitud eterna no existe nada que haya llegado a su existencia perceptible si no fuera por el mismo Origen primario y el mismo proceso.

[1.1.12] Quien ha comprendido enteramente estos tres versículos, fácilmente asimilará el cuarto.

[1.1.13] Queda entendido que el Ser primario de todo lo que existe, la Idea primaria de todas las ideas, la Forma primaria de todas formas, por un lado no podía estar sin forma y por otro no podía implicar la muerte, porque esta constituye el polo absolutamente opuesto de todo lo que tiene existencia. Por lo tanto, en este Verbo, esta Luz o este Pensamiento divino estaba la Vida perfecta. Por consiguiente, Dios era la Vida básica eterna en sí y por sí mismo. Esta Luz o Vida hizo que salieran de sí misma todos los seres y los hombres, con luz y vida en ellos. Por tanto, estos seres y hombres eran la imagen perfecta de la Luz primaria que estaba dentro de ellos, de la Luz primaria que constituía su existencia, su luz y su vida totalmente parecida a la del Ser primario eterno.

[1.1.14] Como la Vida primaria de Dios tiene que ser enteramente independiente y libre —de no ser así no sería Vida—, y como en los seres creados la vida tiene que ser absolutamente la misma, se podrá fácilmente comprender que a los hombres sólo les podía ser dada una vida absolutamente independiente y consciente de sí misma. Pero precisamente por esta consciencia, la vida tuvo que reconocer que no era de origen propio sino que procedía de Dios, a semejanza de la Vida de Él.

[1.1.15] Esta noción tenía que existir en todos los seres creados, al igual que su vida y existencia tenía que estar enteramente en concordancia con la de Dios, de lo contrario no tendrían ni vida ni existencia.

[1.1.16] Si analizamos esta situación de más cerca, sacaremos la conclusión de que en los seres creados tienen que confrontarse inevitablemente dos sentimientos: el sentimiento de la Perfección divina, o sea, de la Luz primaria divina dentro de ellos, y —por estar en esta misma Luz— el sentimiento de su evolución subsiguiente por la Voluntad del Creador.

[1.1.17] La primera noción iguala a la criatura con el Creador, con lo cual también ella tiene el sentimiento de haber surgido de sí misma, absolutamente independiente del Origen primario, a pesar de llevarlo dentro. El segundo sentimiento, con la consciencia de tener vida, tiene que reconocer su procedencia del Origen primario y, por consecuencia, su dependencia de él. Y tiene que admitir que sólo al correr de los tiempos la vida podría manifestarse como libre por sí misma.

[1.1.18] Esta humillante noción de dependencia hace que también el primer sentimiento de sublimidad se humille, lo que es un hecho indispensable como se verá en el texto siguiente.

[1.1.19] El sentimiento de sublimidad lucha fuertemente contra tal humillación y la quiere eliminar.

[1.1.20] De esta lucha surgen el rencor y el odio contra el Origen primario de todo Ser e inevitablemente también contra el sentimiento de humildad o dependencia. Por consiguiente, el sentimiento de sublimidad se cansa y oscurece en los seres creados y, en vez de la Luz primaria, quedan la noche y la oscuridad. En su oscuridad, esta noche no llega a reconocer la Luz primaria dentro de sí y, ciega pero independiente y libre, se aleja del Origen primario de su propio ser.

[1.1.21] Por más que resplandezca la Luz primaria en la noche, esta, aunque haya surgido de la Luz, ya no tiene visión eficaz para reconocerla, a pesar de que la Luz viene precisamente para volver a transformar la noche en su Luz original.

[1.1.22] Así, pues, vine Yo al mundo de la oscuridad, como el eterno Ser primario de todo Ser y como la Luz primaria de toda Luz y Vida, pero aquellos que surgieron de Mí no me reconocieron en la noche de su sentimiento de sublimidad agotado.

[1.1.23] Este quinto versículo quiere indicar cómo Yo —siendo absolutamente el mismo que era desde toda la eternidad— vine a este mundo creado por Mí y de Mí mismo. Pero el mundo no me reconoció como a su Ser primario.

[1.1.24] Pero Yo, Origen primario de todo Ser, por mi eterna Luz tenía que ver que el sentimiento de sublimidad en el hombre —su Luz primaria— iba agotándose cada vez más por la lucha continua, y con él la luz de la vida en los hombres. Si Yo me hubiese acercado a los hombres con la misma Perfección divina, en la cual ellos tenían su origen, no me habrían reconocido. Y si hubiese surgido de improviso, con un cuerpo humano limitado, la culpa habría sido mía si no me hubiesen reconocido.

[1.1.25] Esto Yo lo sabía y por eso, desde que les di su primera existencia fuera de Mí hasta la hora de mi venida a la Tierra, hice que miles de profetas —hombres que en esa lucha no habían perdido la Luz—, la anunciaran, indicándoles las circunstancias, el lugar y la época. Y cuando llegué di grandes señales. Desperté a un hombre, en quien se encarnó un alto espíritu para que anunciara mi venida a los ciegos y mi entera presencia en esta Tierra.

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