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El Gobierno de Dios

[1.14.15] Hijos, os digo: no hay más que un solo regalo que la gran Gracia del eterno Amor del Padre santo nos ha dejado. Y de este regalo nos deberíamos alegrar: la Gracia grande del arrepentimiento y de las lágrimas mismas...

[1.14.16] Ved, esto es lo único que el Señor nos ha dejado: las lágrimas del arrepentimiento y las de la tristeza... Por ellas, ¡démosle las gracias desde la profundidad de nuestros corazones!

[1.14.17] Aún podemos considerarnos afortunados por haber recibido tanta Gracia del Señor. ¿Qué sería de nosotros sin ella?

[1.14.18] Por este motivo, conscientes de nuestra gran vileza, ¡echémonos en la tierra para llorar desconsolados hasta que ya no haya lágrimas en nuestros ojos... hasta que hayamos devuelto al Señor lo que es suyo y que no merecemos!... Y que luego proceda con nosotros conforme a su santa Justicia, según su Voluntad desde la eternidad».

[1.14.19] Acto seguido Adán se echó al suelo, junto con todos los suyos, y actuó conforme había percibido mediante los pocos residuos de la Gracia que le habían quedado, llevado por la secreta intuición del eterno Amor del Padre. De modo que todos lloraron amargamente, menos Caín. Él también se había echado al suelo, como los demás, pero sus ojos no derramaron lágrimas y esto le fastidió. Por esto se levantó y se fue. Caminando, con la vista en dirección al suelo verde, de repente vio una serpiente. Lleno de rabia la cogió, la descuartizó y se la comió, con lo que la carne de la serpiente se volvió carne de él.

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